Nomina a quien merezca el ostracismo este nuevo curso político y, después, deja que la plaza vote. Una persona, un voto, un pequeño trozo de cerámica digital y absolutamente ninguna autoridad para mandar a nadie a ninguna parte.
El ostrakon
Los atenienses arañaban un nombre sobre un fragmento de cerámica. Tú tienes teclado, que ensucia bastante menos la túnica. Antes de poner un nombre, mira si está ya, o caerá sobre ti toda mi furia porcina.
Cada año, en Atenas se celebraba una votación muy semejante a las de Gran Hermano, en la que se decidía si alguien había acumulado tanta toxicidad como para ser expulsado de la Polis. A mitad del año ateniense, en el mes de Gamelión, la Asamblea del pueblo se reunía en la colina de la Pnyx para votar una sola pregunta: "¿Se debe celebrar un ostracismo este año?" Si la respuesta era afirmativa, meses después se organizaba una segunda ronda. Cada ciudadano escribía en un ostrakon -un trozo de cerámica rota, el papel de usar y tirar de la época- el nombre del condenado. Si participaban al menos 6.000 ciudadanos, el más votado debía abandonar la ciudad durante diez años. Conservaba sus bienes y no se le trataba formalmente como un criminal, era más bien una válvula política para apartar temporalmente a alguien considerado demasiado poderoso, conflictivo o peligroso para el equilibrio social.
Sean bienvenides al ostracismo del siglo XXI.
Esta web usa cookies, es una obviedad que los políticos me obligan a decirte porque son subnormales.